Un libro de aventuras arquitectónicas y un ensayo sobre las posibilidades del espacio residual de la ciudad. A lo largo de sus páginas, Joris imagina alternativas diferentes para dotar de uso y de sentido a lugares anónimos.  

 
 Fotografía Enrique Escandell

Fotografía Enrique Escandell

«Antes de empezar, tengamos en consideración que elevarse por encima del horizonte significa oponerse al orden establecido; pero no en un sentido social, como cabría suponer, sino ontológico, porque desde lo alto se puede ver sin ser visto o ver más allá, como pretende quien se sube a una columna, quien levita o quien vuela. Para abordar el asunto del que trata este libro sería pertinente contar la leyenda de Simón el Estilita, el santo que, según dice la tradición, se pasó treinta y siete años encaramado sobre un capitel, o recordar al Barón Rampante, el personaje de Italo Calvino que decidió no volver a pisar el suelo; sin embargo, hemos elegido a alguien que ahora mismo tal vez esté protagonizando alguna aventura similar a las que aquí narramos».

«Tal vez Joris sólo conozca un diez por ciento del área urbana: un pequeña franja que va de acera a acera y luego algunos interiores, como las infraestructuras que fotografía por encargo, un par de centros comerciales, cuatro tiendas, las casas de sus pocos amigos y su propia casa; pero el resto del espacio construido se le presenta ahora como un misterio. Para verlo con mayor claridad pinta en negro todo lo que no puede ver, bien porque sea de uso privado bien porque sea inaccesible o esté prohibido, y al final el mapa acaba como una gran superficie oscura surcada por hilos blancos, lo que podría recordar a una tela de araña o a un laberinto. Es en estas amplísimas zonas negras del mapa donde con mayor facilidad podría esconderse, porque es precisamente allí donde las guaridas son más profundas».

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 Fotografía Enrique Escandell 

Fotografía Enrique Escandell 

«De alguna manera adentrarse en esa amplia oscuridad supone algo así como retirar las ramas que ocultan el horizonte en un paisaje de Patinir o El Bosco, y toparse tal vez con una escena que no estaba prevista en el guion de la ciudad: una sorpresa, la esencia, el motivo, la razón de cualquier laberinto, puesto que no hay laberinto sin Minotauro». 

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